jueves, 4 de diciembre de 2008

Muerte


La muerte no nos roba los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo. La vida sí que nos los roba muchas veces y definitivamente.
Así como una jornada bien empleada produce un dulce sueño, así una vida bien usada causa una dulce muerte.
Duerme con el pensamiento de la muerte y levántate con el pensamiento de que la vida es corta.
La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos.
A menudo el sepulcro encierra, sin saberlo, dos corazones en un mismo ataúd.
La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene.
La muerte es una quimera: porque mientras yo existo, no existe la muerte; y cuando existe la muerte, ya no existo yo.
No basta con pensar en la muerte, sino que se debe tenerla siempre delante. Entonces la vida se hace más solemne, más importante, más fecunda y alegre.
Cuántas muertes más serán necesarias para darnos cuenta de que ya han sido demasiadas.
Sin no conoces todavía la vida, ¿cómo puede ser posible conocer la muerte?
Cuando la muerte se precipita sobre el hombre, la parte mortal se extingue; pero el principio inmortal se retira y se aleja sano y salvo.
La muerte sólo tiene importancia en la medida en que nos hace reflexionar sobre el valor de la vida.
La muerte llama, uno a uno, a todos los hombres y a las mujeres todas, sin olvidarse de uno solo -¡Dios, qué fatal memoria!-, y los que por ahora vamos librando, saltando de bache en bache como mariposas o gacelas, jamás llegamos a creer que fuera con nosotros, algún día, su cruel designio.

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